Euskal Herriko historialarien 1. biltzarraren amaieraClausura del I congreso de historiadores de Navarra

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Los días 18 y 19 de septiembre celebramos en Viana el primer Congreso de Historiadores centrado en la Conquista de Navarra de 1512. Es imposible resumir en un artículo la cantidad de datos, argumentos, corrillos, expectación, entendimiento, conciencia de nación ocupada, voluntad de memoria y otros humores que reunió la casa natal de Navarro Villoslada.

En este Congreso se habló, por supuesto, de la invasión del duque de Alba, con una tropa tan exagerada que doblaba en número la propia población de Pamplona. Recordamos los 18 años de guerra que aguantó la resistencia, un aspecto silenciado que da la medida de cuál era la querencia de la población invadida. Hablamos de levantamientos, revueltas y guerrillas. De Amaiur, Noain, Hondarribia, Garazi, de poblaciones asediadas, de 100 años de ocupación militar, de expolio, saqueo, robos, violaciones y otras costumbres inveteradas de la soldadesca en tierra enemiga.

Se sacó a colación aquella realidad soberana, el Estado independiente vasco que fue desmembrado por territorios (hoy provincias). Salió también la corte y el Heptamerón de una reina, Margarita, que fue una maravilla en el mundo de su época. Y una cultura de milenios y una lengua que aun perdura, y que tuvo en Navarra su país, su estructura política.

En el debate se cuestionó la retórica de una iglesia de Roma que santificó aquella tropelía. Se destriparon los argumentos de unos teólogos que justificaron como guerra justa y cristiana aquella violencia; o las bulas papales falsificadas y las argucias de un rey que pasó a la historia como modelo de habilidad maquiavélica. Se mencionó, al hilo, aquella tesis peregrina de que la realeza navarra no era legítima porque Eneko Aritza no descendía de los reyes godos, la lista tan aburrida de nuestras lecciones infantiles de historia.

También se citó a César Borgia y a otros viajeros que encontraron en Navarra una causa que defender y una tierra de acogida.

Se habló de la razón de Estado, impía, española por supuesto, y de los albores de un imperio que pretendía tomar el sol sin descanso a costa de la geografía ajena, y que en Navarra se calzó las primeras botas. De aquellos polvos, estos lodos, se dejó sentado que no hablamos de agua pasada, sino de una situación injusta que entonces se creó y llega hasta nuestros días.

Recordamos que en universidades y enseñanzas se silencian estos episodios de nuestra historia, o se disimulan con versiones amañadas que los presentan como anexión, incorporación pactada (tan pactada, por citar un ejemplo, como el exterminio de 100 millones de personas en América a manos de la misma tropa). Y se planteó cómo esa burda teoría del pacto fue defendida por algunas élites del país, durante estos siglos, para mantener unos privilegios que les convenían.

A falta de muchos documentos quemados, desaparecidos, tergiversados, se puso la mirada en aquella independencia vasca a través de otros indicios. Es el caso de los castillos que se construyeron para su defensa, una serie de edificaciones que delimitan el territorio, un patrimonio arquitectónico y simbólico, expresión de presencia política y soberanía, que fue demolido a conciencia por el invasor para eliminar todo atisbo de fantasía o resistencia.

También ocupó su lugar la numismática, con una larga colección de barscunes y monedas navarras que describen, siglo tras siglo, la economía, la hacienda propia, la organización societaria, y muestran rostros de reyes y símbolos de un Estado diferente de Europa.

Nafarroa Bizirik, en cuanto movimiento social, advirtió que estos temas no pertenecen en exclusiva a historiadores y universidades, sino que la memoria es un derecho y una necesidad de toda colectividad que se autorreconoce en ella… En fin, tela, mucha, mucha tela.

Angel Rekalde

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