Ensoñación en Viana

POR ARANTZAZU AMETZAGA IRIBARREN – Sábado, 11 de Abril de 2015 -
Estaba estando recostada contra la piedra milenaria de la muralla de Viana, expuesta al tibio sol, y escuché, a lo lejos, el sonido de la charanga Gazte Berri Viana, de fanfarrias, txistus, gaitas y tambor de Viana, el sonoro paso de los joaldunak de Amorebieta, el airoso del baile de Erentzun Dantza Taldea, las risas de los niños y el zapateo del gentío que colmaba la calle Mayor y las plazas de los Fueros y el Coso con su exposición de tenderetes de su XXVIII feria artesanal Ciudad de Viana, organizada por la ikastola Erentzun. Transitando por el picante aire mañanero me llegaba el aroma de las tartas de nueces, de los bizcochos frutales, de las mermeladas y productos cárnicos, del almíbar de los merengues y el de las almendras molidas y repasadas en aceite.
Había entrado ya en la casa de cultura para detenerme a contemplar la exposición de mapas antiguos. Luego me fui caminando entre los puestos callejeros para contemplar el trabajo de un hombre que elaboraba con cintas de paja asientos para sillas, de la labor sobre la preciosa madera de olivo que nos otorgaba el milagro de bandejas y cucharas, de los cencerros ruidosos, de mujeres que mostraban vestidos y chales hilados con algodón y teñidos artesanales, y me detuve en la plaza donde se hizo el homenaje de reconocimiento a la maestra Mariluz Ábalos Goikoetxea por parte del director de la ikastola Erentzun, Iban Izurza. De su trabajo generoso a favor del euskara. Bailaron para ella un grupo de niñas, y el aplauso de todos fue abundante, por merecido.

XXVIIIAzoka 279
Recorrí nuevamente la calle Mayor, hasta la iglesia de San Pedro, y me detuve frente a la casa natal de Francisco Navarro Villoslada, convertida en biblioteca, que mayor honor no puede caber para un hombre que fue político, articulista de prensa, escritor y novelista. Y me lo fui imaginando, taladrando con mi imaginación las ventanas, al hombre del S.XIX, con su cabello rizado y su cuello almidonado, sentado en su escritorio, llenando con su pluma de ave rapaz untada en tinta áspera páginas y páginas de blanco papel, algunas emborronadas, otras, cuando la inspiración apretaba más, tersas y decididas.
Fui recreando la que de todas sus obras me impactó más Amaya o los Vascos del S. VIII, y de la que fui lectora antes de poder acceder a la obra escrita, pues primeramente escuché la ópera de Jesús Gudiri y vi las muchas representaciones que en el Centro Vasco de Caracas los jóvenes hacían de su Espatadantza. Entonces fue que rebusqué en la biblioteca de mi padre y leí de un tirón la obra escrita por el hombre de Viana, con su sabor romántico y religioso, pero que hacía regresar la imaginación a los tiempos pasados por nuestro pueblo y del que, por entonces, tan poco sabíamos. Por esta obra fue nombrado afiliado a la Asociación de los Euskalerriakos.

XXVIIIAzoka 287
Siguiendo mi trajín andariego me allegué hasta la ciclópea iglesia de Santa María, y allí me detuve ante el epitafio del apabullante César Borgia, generalísimo de los ejércitos navarros en 1507, muerto en una emboscada en la Barranca Salada. Los reyes de Nabarra lo tenían al mando de sus milicias, con la esperanza, debida a su currículo militar, de refrenar la invasión del reino por la frontera de Castilla y en la que banderizos, cuya cabecilla era el funesto conde de Lerín, alborotaban, quemaban y mataban a su antojo, siempre con el refugio de Castilla y Aragón a la espalda.
Me invadió el alivio al pensar que los restos de César ya no están allí, que nadie podrá pisarlos más, como trató el obispo de Calahorra, olvidando la misericordia cristiana, cebando su odio hasta más allá de la muerte del, para él, enemigo. Fue entonces que me recosté en la muralla cuya piedra el sol había logrado calentar…, y me quedé ensimismada en la historia de mi país. Pensando en lo mucho bueno que perdimos en los asuntos de la guerra y rescatando de esos tiempos malditos lo bueno del espíritu humano: su deseo de relación cordial, el intercambio de sentimientos y objetos, la canción y el baile que brotan espontáneos cuando hay tranquilidad pública, en el hablar del viejo idioma milenario en las bocas de los niños que tratan de restituirlo gracias a los esfuerzos de una ikastola situada en los límites de la frontera, para ganar identidad y obtener cultura, dones beneficioso para la humanidad. A través de la tranquila aceptación de nuestra propia equivalencia es como nos podemos relacionar con los demás, aportando lo que no es propio y dispuestos a recibir lo ajeno sin imposición ninguna, según nuestro criterio.
Las campanadas de la iglesia me despertaron de mi ensoñación. Era Domingo de Ramos y las gentes cargaban en las manos las palmas benditas. Mis nietos llegaron en tropel y me llevaron con ellos al centro del bullicio. Entonces me encontré entre el pasado y el futuro, allí, en Viana, la vieja ciudad del reino que una vez tuvimos los nabarros.

La autora es bibliotecaria y escritora
Publicado en Diario de Noticias de Navarra el Sábado, 11 de Abril de 2015


Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos necesarios están marcados *

Puedes usar las siguientes etiquetas y atributos HTML: <a href="" title=""> <abbr title=""> <acronym title=""> <b> <blockquote cite=""> <cite> <code> <del datetime=""> <em> <i> <q cite=""> <strike> <strong>